miércoles, 3 de abril de 2013

JUAN JOSE HOYOS, EL PLACER DE ESCRIBIR, ESCRIBIRLO Y LEERLO



Foto archivo Universidad de Antioquia, Facultad de Comunicación Social y Periodismo
 
Marianne Ponsford escribió en el prólogo de una antología suya llamada “el libro de la vida”: “Son micro ensayos, cuadros delicados, instantáneas literarias, reflexiones que parten del hombre, pasan por el tamiz de la literatura y retornan al hombre. Son actos de fe en la palabra escrita”.
Palabras que describen no solo la narración que caracteriza a Juan José Hoyos Naranjo, sino que lo describen a él.



Catalogado como el mejor cronista colombiano de la década de los años 80, por su colega, el periodista German Castro Caicedo.

Es muy probable que después de haber llegado a la edad de la jubilación, Juan José invierta su tiempo en ver caer las flores amarillas de los guayacanes que invaden la ciudad de Medellín, pues eso le recuerda su niñez en el Barrio Aranjuez, en la comuna nororiental de la capital paisa.

Su niñez se desarrolló en el oriente de Medellín, lugar al que llego en 1953, año de su nacimiento. Ahí quedaron sus mejores recuerdos, los que le definieron su vocación periodística, su gran sensibilidad para escribir crónicas, novelas y su sobre todo, su amor por la docencia; pasiones que lleva tatuadas en su ser.
Las grandes marcas de su niñez, las obtuvo de diferentes episodios que vivió en su escuela, lugar donde aprendió a leer y a escribir de la mano de su profesor, un arriero de pura cepa; con él también aprendió a apreciar la belleza de las mujeres, que sin maquillaje,  se asemejan a las flores de los balcones de las grandes casonas de los parques de Medellín. 

En su juventud disfrutó de los parques, los cafés, las heladerías, el cine, el bolero y hasta el mismo tango. Experiencias que le llenaron su imaginación de relatos e historias que se tejían a diario entre los transeúntes que pasaban por su frente, en su barrio, en su ciudad. 

En plena adolescencia Juan José tomo una de las decisiones más claras de su vida: se declaró agnóstico, a pesar de estar cursando su secundaria en un colegio católico en el Municipio de Itagüí, pues si bien allí aprendió a apreciar y a disfrutar la literatura universal, también encontró argumentos para revelarse contra el sistema eclesiástico y alejarse de la Iglesia Católica.

Cuando dio el paso a sus estudios universitarios divagó un poco entre la arquitectura y la sociología, pero su pasión por la lectura y su amor profundo por la escritura lo llevaron a decidirse por estudiar periodismo en la Universidad de Antioquia. Mientras cursaba esta carrera, conoció al escritor Manuel Mejía Vallejo, un suceso que le cambió la vida, porque como el mismo lo dice: “Él me impresiono mucho como persona y fue el gran escritor vivo que conocí, porque los demás que había conocido eran valiosos, pero no tan valiosos para mí, pues Vallejo tiene un mundo muy propio, muy de él”.


El periodista, el cronista y reportero

Mientras se desempeñaba como corresponsal para Medellín, del periódico bogotano El Tiempo, fue marcando diferencia en el periodismo informativo, desempeñándose como un gran cronista y reportero, logrando cautivar al lector con sus historias, las cuales eran contadas en primera persona, imponiendo de esa manera un estilo llamativo. Sus escritos marcaron un hito en el periodismo narrativo colombiano; entre los mas  recordados se encuentran: “Un fin de semana con Pablo Escobar”, “Un beso antes de morir”, “La guerra del corazón y la cruz”, la historia de la familia del futbolista John Jairo Trellez, la crónica sobre la grabación de la película del cineasta colombiano Víctor Gaviria “Rodrigo D. No futuro” y  “La fiebre y maldición del oro en Remedios”, una población del departamento de Antioquia.
Juan José ama el periodismo, él mismo lo dice; sin embargo tuvo momentos en los cuales se contrarió fuertemente con los patrones del periodismo informativo, que no permiten el desarrollo de la imaginación, por estar aferrados a un discurso netamente objetivo. Es por ello, que se exiliaba en la escritura, en la narración de historias, siguiéndole la recomendación al periodista polaco Ryzard Kapuscinski, trabajando en ese “doble taller”, para no perder la costumbre de la escritura; de esta manera llegó el libro: “El cielo que perdimos”.

En los momentos de la escritura de su libro, Juan José se dio cuenta que el periodismo colombiano estaba quitándole espacio a la crónica; fué en ese  instante en el que decidió renunciar a su labor como corresponsal del periódico El Tiempo, para darle cumplimiento a la promesa que le había hecho a su amigo Ernesto Sábato, quien en una visita a Medellín, le había hecho jurar que iba a dejar de lado la labor periodística, pues esta prostituye el alma, al no dejar plasmar en los diarios historias sensibles, para darle mayor espacio a los hechos que son considerados noticias. 

La historia de su renuncia la plasmó en el prólogo de su libro de crónicas  “Sentir que es un soplo la vida”; ahí, en ese prólogo, cuenta con nostalgia como los periódicos colombianos se olvidaron de la lección de Scheherazada en “Las mil y una noches”: las historias son poderosas. «Si la joven escapó a su destino fue porque supo cómo esgrimir el arma del suspenso, el único recurso literario que surte efecto ante tiranos y salvajes».

Los libros y la docencia

Ser profesor ha sido la actividad que más ha marcado su vida, su esencia. En clase, su palabra más repetida era: IMÁGENES, “hile el texto a punta de imágenes”. Frase que no solo deja plasmada en sus alumnos, sino que también plasma en su prosa, en su narración: "Las ratas salen de sus madrigueras y tratan de cruzar las calles, desafiando los carros que pasan, en busca de comida. Algunas mueren en su intento, bajo las ruedas de un taxi, otras logran refugiarse en algún lote abandonado, en una bodega o en un parque. Pero las ratas no son las únicas que se han quedado solas en el barrio desde el día que se fueron los vendedores de alimentos de "El Pedrero": asomadas desde los balcones de los hoteles o las ventanas de las pensiones, las prostitutas miran la gente que pasa; algunas leen fotonovelas, sentadas en las escaleras que dan a la calle" (Juan José Hoyos. “La última muerte en Guayaquil”. El Tiempo, 16 de septiembre de 1984)

Luego de haber renunciado a ser periodista de tiempo completo del periódico El Tiempo, Juan José, empezó a dar sus primeros pasos en la academia. Su salón de clases estaba en la misma facultad de la cual se gradúo tiempo atrás, la Facultad de Comunicación social y Periodismo de la Universidad de Antioquia. En ese lugar volvió a encontrar ese refugio que había perdido, el refugio en los libros, las historias y la escritura.

En sus cátedras siempre contaba una historia anecdótica, hacía que sus alumnos viajaran con él en el tiempo, se metieran de lleno en la historia, se creyeran personajes y disfrutaran obviamente de la escritura de esa nueva historia, que surgía de aquel relato que el “profe Juan José” les había contado en esas dos horas de clase. Una de las historias que más impacto generó entre sus alumnos, fue la del tambor hurtado de la tribu indígena Emberá Katios, “¡Que devuelvan el tambor!”, con la cual les demostraba a sus nuevos aprendices que las historias bien contadas, le dan a las palabras un gran poder; pues al final el tambor regreso a las manos de su dueño. 

La mayoría de sus alumnos, eran estudiantes regulares de la carrera de Comunicación Social y Periodismo, pero como su vocación docente era algo innato, se convertía en profesor de  todo aquel que quisiera aprender de él. Un día en su casa de descanso, en las afueras de la ciudad de Medellín, le enseñó a su amigo Iván Gaviria, a ver los muertos a través de la lectura; al principio Iván estaba un poco incrédulo, pero cuando Juan José le leyó un párrafo de algún libro, Iván le creyó y aprendió que sí era posible hablar con los muertos a través de los ojos, a través de la lectura. 

El “profe Hoyos”, otro de los apodos que le tenían sus alumnos, era un apasionado por la lectura;  creció en una familia amante de los libros, él recuerda que la única herencia que su abuelo Juanito Hoyos le dejo a su padre, fue un diccionario Larousse. Pero a él le dejo la mejor de las herencias: el amor por los libros y la escritura.

Ese amor por los libros lo saco de muchas dudas, en ellos siempre encontraba la respuesta; los libros siempre fueron y serán esa mano amiga que más se necesita en un momento de ayuda. Como lo dijo Emily Dickinson: “hablando de los libros y de los poemas, ellos son la pequeña palabra desbordante / de la que nadie oyéndola diría / que esconde amor o lágrimas / pero aunque pasen las generaciones / maduren las culturas / y decaigan / sigue diciendo".  Así mismo lo afirma Juan José. 

Como todo amor da frutos, que algunos suelen llamar hijos, ese gran periodista, escritor de crónicas, también escribe buenas historias, buenos hijos, que son parte de la literatura colombiana. En sus ratos libres se dedicaba a escribir historias, que después harían parte de sus libros; entre los más destacados estan: “El oro y la sangre”, un reportaje con el que gano el ganó el Premio Germán Arciniegas en 1994. Más adelante publicaría una de sus más preciadas joyas, “Escribiendo historias, el arte y el oficio de narrar en el periodismo”, un libro que cuenta los secretos del arte de narrar historias que logren involucrar al lector dentro de las mismas. En su libro “Viendo caer las flores de los guayacanes”, recopila las mejores crónicas publicadas en el periódico El Colombiano.
Sus libros y sus relatos son tan propios de la literatura colombiana, con una narrativa tan mágica, que su libro “Tuyo es mi corazón”, fue convertido en una telenovela bajo el mismo nombre. 

El futbol y su amor por el Deportivo Independiente Medellín “DIM”

Juan José es un hombre común y corriente, que prefiere pasar de bajo perfil, caminando por su Medellín, tomándose un café o una cerveza con sus amigos, hablando, conversando, haciéndole alarde a su pasión, la de contar historias y obvio, la de hacerle fuerza a su equipo de futbol. 

Es un fiel hincha del equipo del pueblo de su ciudad natal, Deportivo Independiente Medellín “DIM”. Esta pasión y amor, la demostró desde que era muy pequeño, ya que recitaba a la par el catecismo del padre “Astete” y la alineación de su equipo; pues si podía rezar para entrar rápido a la escuela como era la obligación en ese tiempo, también podía rezar para que su equipo quedara campeón. 

Se autoproclama un perdedor, pues en la vida se ha ganado una rifa; según él, esta mala racha de suerte tiene que ver por ser un hincha incondicional del DIM, el equipo del pueblo; un equipo al cual los hinchas del otro equipo de la ciudad, El Nacional, le dicen el equipo de los perdedores. 

El primer álbum que llenó, fue el del equipo de su época de niño, con las laminitas de “el Caimán Sánchez, Pedro Roque Retamoso, Antonio Pécora, Felipe Marino y toda esa gente.” Lo recuerda muy bien, pues le gustaba admirar esas “laminitas”, ya que eran las fotos en primer plano de la alineación que sabía recitar al igual que las lecciones de la escuela. Esta pasión por su equipo la compartía de igual manera con su hermano Gabriel, con quien en las noches sostenía largas conversaciones sobre el DIM y las alegrías que su equipo les brindaba cuando juagaba un partido, porque sus jugadores se lucían en la cancha, haciendo goles desde la mitad, así como los que solía hacer Ricardo José María Ramaccioti.

Jugó futbol en las canchas de los  barrios  Aranjuez y Santa Cruz, se convirtió en un medio campista de los “tesos”, “calidosos”, por su buen estado físico, que le permitía recorrer la cancha de arriba abajo, en todos los 90 minutos que duraban los encuentros futbolísticos, en los cuales participaba.
Cuando vivió en Itagüí, jugo un campeonato de futbol, en el cual con su equipo, Instituto de Credito Territorial, no perdió ni un solo partido. De ese equipo él y sus amigos, pasaron a ser parte de las líneas inferiores del DIM; allí Juan José jugó y gozó parejo, disfrutó de su gloria deportiva y vio como amigos suyos cumplían el sueño de llegar a ser titulares de su amado equipo. Rafael, su gran amigo, se convirtió en portero y Willian, su hermano, llegó a ser titular de la selección Colombia.
Años después abandonó el futbol, pues sus estudios universitarios le acarreaban mayor dedicación, y como él mismo lo dice, empezó a ser parte de la nómina de otro equipo, el equipo de los periodistas. 

Sin embargo, casi treinta años después, sigue apoyando a su equipo; acude pocas veces al estadio, pues le teme a los enfrentamientos de las barras bravas del Nacional y del DIM, y, para evitar riesgos prefiere no ponerse “la roja”, como le suelen llamar a la camiseta del DIM. Por eso prefiere hacerle fuerza a su amado Medellín en su casa o en  “Los Manguitos”, una tienda de barrio, lugar en donde se encuentra con amigos como Jorge Martínez, un santandereano que comparte su amor por el Deportivo Independiente Medellín, con quien discute los partidos, critica las alineaciones y comparte la ilusión de ver coronarse campeón a su equipo por sexta vez. 

Su álbum de láminas, se perdió en alguno de sus tantos ires y venires; pero un día después de que el DIM se ganara la tercera estrella contra el Deportivo Pasto, decidió ir a buscar a su amigo de infancia Ignacio Díaz, un hincha fiel como él, pero que sí tiene un álbum con todas las mejores fotos de su equipo, un álbum de esos que cuenta la historia del equipo, a punta imágenes y de recuerdos tan sagrados como las colillas de los boletos de entradas al estadio. En total son más de 40 años de historia contenidos en un libro de contabilidad, que será heredado por el hijo de su amigo, por Federico, otro joven hincha del DIM, que comparte y entiende ese amor que se tiene por un equipo de “perdedores”,  por el equipo rojo de la montaña.

Entre las crónicas, los reportajes, las historias, las novelas y el fútbol, se describe a Juan José Hoyos, un periodista paisa, que habla con los muertos cuando lee libros pero que además, saluda a sus lectores a través de sus historias, que hacen que la vida se pase en un soplo. Un hombre de bajo perfil, un hombre que le cumplió la promesa a su amigo Ernesto Sábato y se retiró temprano del periodismo, para dedicarse a lo suyo, a la escritura mágica.

miércoles, 13 de marzo de 2013

EL OLVIDO QUE SEREMOS, UNA HISTORIA, UN RECUERDO, UN PAIS


Reseña libro: El Olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince, Bogotá, Editorial Planeta, 2006, 272 p.

“Hasta el 25 de agosto de 1987 en que dos sicarios vaciaron los cargadores sobre su cuerpo frente al Sindicato de Maestros de Medellín. Tenía 65 años, vestía saco y corbata, y en el bolsillo de su pantalón llevaba un soneto de Borges, “Epitafio”, acaso un apócrifo, y cuyo primer verso reza: “Ya somos el olvido que seremos...”

Obra literaria que recoge los momentos más íntimos de su autor, aquellos que reservo durante veinte años, mientras descubría el tono propicio para abordar el asesinato de su padre, sin recurrir al melodrama como género literario para contar su historia de vida.

De Agamenón hasta este tiempo, el padre es quien hace la guerra, quien genera el orden frente al caos, la figura de autoridad frente a la desobediencia; y si no es el mismo Dios, pues es él quien negocia con los demás dioses sobre el tema. Aquel ateniense sacrifica a Ifigenia para que el viento suba el calor de las venas, quien es patriarca propone y dispone, pues el padre es la ley y su patria es su territorio; sin embargo hasta este mismo orden sufre fuertes cimbronazos cuando de violencia se trata.
Acabar con el padre fue lo que predestino la escuela del psicoanálisis y Alexander Mitscherlich, de la Escuela de Frankfurt, fue quien exploró la ausencia de la paternidad en la sociedad alemana de la Posguerra. Ese relato del padre en occidente se refleja en su complejidad desde la tragedia misma, pues su carga ideológica en torno a la figura misma, no solo llama la atención, sino que también es bienvenida, ya que la paternidad siempre logra brillar por su ausencia en la cotidianidad de la vida familiar.
Veinte años después de la muerte de Héctor Abad Gómez, padre, quien fue tiroteado y asesinado en una calle de la ciudad de Medellín, por sicarios a sueldo, su hijo, Héctor Abad Faciolince, encontró la voz y el tono necesario para afrontar este reto personal que se sobrepone en su libro El olvido que seremos.

El asesinato del padre, el eje central de la obra, muestra también una orfandad existencial, que surge luego de su ausencia física. Durante la narrativa el autor experimenta un res- quebramiento de sus certezas; sin embargo se puede leer un fuerte reclamo, una protesta dirigida a Dios, desde una actitud dialogante, pero que a su vez parte de una rebeldía que es un producto de una gran decepción. La historia muestra ese homenaje que el mismo hijo le hace a su padre, al héroe de su vida, quien era una figura de corazón generoso, compasivo y tolerante, ese medico humanista, catedrático, consultor de la OMS, obsesionado con la medicina preventiva y la extensión de la salud pública a todos los rincones del país, un fuerte defensor de los derechos humanos, quien en vida batalló hasta el cansancio por la tolerancia, la paz y la justicia; ese hombre que en momentos de rabia se encerraba a escuchar los sonetos de Bach y Beethoven, como mecanismos de sanación; confiaba en el amor a rajatabla, en el amor por la vida ante todas las cosas, por los hijos y sobre todo por la justicia.
La escritura, la memoria, la pasión de Héctor Abab Faciolince, necesitaron enfrentarse a esa hoja en blanco, para poder abordar el proceso de escritura de esa fuerte pérdida, la pérdida de esa figura ejemplar que era su padreMe saco de adentro estos recuerdos como se tiene un parto, como uno se saca un tumor”.
No existe duda alguna que el tiempo fue el mejor aliciente y que no solo le ayudo a Héctor A. Faciolince a mejorar su trazo literario, sino que también lo llevo a encontrarse en el momento y en el lugar indicado para sacar de sí mismo la mejor prosa para hacerle una buena dedicatoria a su padre, a su legado. Pues a diferencia de lo que se puede leer en Joseph Roth quien sostiene: “Yo no tuve padre, en el sentido que nunca lo conocí”, el narrador colombiano demuestra todo lo contrario al escribir en su libro apartes como: “Amaba a mi padre por sobre todas las cosas... Amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor... Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo”.
Tal y como lo describe Héctor Abad Faciolince en su libro: “ La idea más insoportable de mi infancia era imaginar que mi papá se pudiera morir, y por eso yo había resuelto tirarme al río Medellín si él llegaba a morirse”, pero después de la lectura es posible imaginarse y entender a ese adulto que sostuvo la sangre de su padre al momento de su trágica muerte, quien en ese momento en lo único que pensó era en no tirarse al rio Medellín, sino en seguir adelante con su pena al hombro, pero con una misión importante en su vida: Encontrar un lugar en el mundo, un mundo en el cual su padre ya no estaba físicamente, sino espiritualmente por así decirlo.
La historia obtiene su grandeza a partir de aquella extrañeza en dónde se pregunta frecuentemente sobre la existencia de esa figura paternal amorosa, que carcajea con sus hijos, que llora con ellos cuando la tristeza abunda en el ambiente, aquel que canta de alegría y escribe poemas inspirados en la belleza de sus muzas, sus hijas y su esposa. Así como también se puede observar como en una familia antioqueña de pura cepa, aun se daba la existencia de un gineceo, en donde el dinero y el presupuesto familiar era vocación de la madre, algo totalmente atípico en la sociedad antioqueña; pues las estadísticas demostraban que dichos roles eran completamente opuestos, el cariño y los mimos eran solo de las madres y el dinero y dirección del hogar era una actividad netamente masculina.  Es aquí entonces donde ese padre muerto logra convertirse en un símbolo representativo para la obra, ya que su ausencia muestra esa transición drástica que ocurre cuando se cierran la infancia y la juventud, pues antes de este suceso la vida del autor está colmada por certezas y alegrías alcahueteadas en su mayoría por ese padre comprensivo que basaba la crianza de sus hijos en la felicidad de los mismos.
El autor con su relato, logra lo que quería Nietzsche escribir “para sobreponerse a la realidad”, es por esto que el resultado se resume en una historia verídica del médico Héctor Abad, contada con los recursos de la novela, carta, testimonio, documento, ensayo y biografía; cuarenta y dos capítulos que son la saga de la familia del escritor, iluminando la historia de Colombia de las últimas décadas desde el lugar del amor y la justicia, aunque sin poder evitar la pregunta con la que comienza y termina el libro. El porqué de la muerte.  
La vida es una herida absurda, dice el tango, ése que tanto le gustaba cantar al doctor Abad. Pero la vida no tiene cura. Ya lo dijo Artaud.
Relatar el pasado es un gran esfuerzo que le devuelve la unidad a su historia de vida, desde el ejercicio que re-estructura la conciencia, con la única finalidad de reconstruirse a sí mismo, buscando de esta manera un lugar en el mundo.
EL OLVIDO QUE SEREMOS construye al padre en un tiempo eterno que justifica su estancia en la tierra bajo el dialogo con esa figura de autoridad que solo proviene de la seguridad y la certeza que se posee al hablar con dulzura y franqueza sobre los temas familiares, pues al menos con esta autobiografía nadie osará en robarle de nuevo el tiempo a aquella figura paternal que fue Héctor Abad Gómez para su hijo Héctor Abad Faciolince.

ME VERAS VOLAR SOBRE LA CIUDAD DE LA FURIA



 40 cigarrillos diarios, negación de la edad, obsesión por los detalles y un pasado de exceso, son los rasgos que más salen a relucir en las descripciones que existen de Cerati, pero en público, siempre busco cultivar una imagen mucho más tenue y menos reprochable.
Por Carolina Martínez.
“Súper cerebro”, así solían llamar a Gustavo Adrián Cerati después de que él mismo inventara este personaje cuando aún era un niño; “Súper cerebro” era un cómic que poseía el don que solo guardan los eternos: El cerebro.
Pasó la infancia, la juventud y se llegó a la temida adultez. Han pasado más de 40 años y ocurrieron muchas cosas, aún hoy, alumbrado por unas cuantas lámparas, el recuerdo de súper cerebro, termina con una feroz ironía, pues el 15 de mayo de 2010, como una metáfora que jamás creíamos que iba a suceder, Cerati sufrió un accidente cerebro vascular; episodio fatal que terminó por convertirlo en aquello a lo cual siempre le tuvo miedo: un cuerpo y una mente totalmente en “blanco”.
¿Cómo llegó Gustavo Cerati a este estado vegetativo? ¿Qué tipo de vida llevaba la noche en la que entró en coma? En sus numerosas salidas al aire desde Venezuela, último país visitado por Cerati, el periodista del Grupo Clarín Bebe Contempomi -quien entrevistó a Cerati durante 15 años y le hizo la última nota antes del accidente- se cansó de repetir que el famoso músico estaba sobrellevando las exigencias de una gira, pero que a la vez llevaba algo más que eso, pues el 15 de mayo del 2010, Cerati ya había sufrido una descompensación producto del estrés y del agotamiento al que suele someterse los artistas en sus largas giras.
En la década de los 80´s, cuando aún se vivía una fría dictadura en Argentina, nació Soda Stereo, con una propuesta renovada de Rock en español, la cual también traía consigo una vida de excesos, que fueron los que empezaron a causarle problemas de salud a Cerati, los cuales no se atendieron con el debido cuidado y tiempo requeridos. Parafraseando entonces a la estrella del momento en una de sus tantas entrevistas para la Revista Rolling Stone de Argentina: “A lo largo de los años he jugado con el abuso y con la constricción en varias oportunidades, sucede que algunos hemos tenido mejores niveles de alarma".
Gustavo tuvo varios avisos de que algo con su poder heroico iba mal; uno de ellos llegó temprano, durante la grabación del disco Signos, pues el ritmo que le imponía su amada banda y su nuevo estilo de vida, solo podía sobrellevarlo con unos cuantos pases de cocaína; es por ello que la mayoría de las letras de este disco fueron producidas de noche, y con unos pocos días de anticipación de la presentación en vivo del disco, generando entonces un agotamiento profundo en Cerati, lo cual lo llevo a que apreciara desde la sala de un hospital el estrellato de su aclamada banda Soda Stereo, temiendo y creyendo que hasta ahí contaba su historia, pues estuvo a punto de morir por culpa de los excesos a los que se había sometido por vía propia.
Este primer encuentro con la muerte fue vencido por Cerati, y casi nadie se enteró, porque gracias a la majestuosidad con la que el artista siempre cultivaba su imagen, desde afuera con su voz y desde adentro con su cara de impúber, sus peinados raros, nuevos, innovadores para todas las ocasiones.
El recorrido entre los excesos, hospitales y nuevamente los excesos, fue repetido durante mucho tiempo. Exactamente no se sabe cuántas visitas tuvo que hacer a los centros de salud para ser atendido por sus altibajos, pero sí se recuerda que en el 2006, cuando ya era solista y tenía casi 40 años, el cigarrillo le produjo una tromboflebitis que lo llevó a terapia intensiva, circunstancia que lo obligó a dejar de lado a su amigo el tabaco por un buen tiempo.
Debido al estrés que le producían sus largas jornadas de grabación y sus grandes insomnios creativos, Cerati volvió a entablar relaciones con el cigarrillo, pero esta vez aumentando a casi dos o más atados por día. Este reiterado exceso escondía ese perfeccionismo que manejaba Gustavo en el estudio de grabación y en el mismo escenario, perfeccionismo que lo mostraba como un grande, pues con cada nuevo trabajo musical y cada puesta en escena, lograba cautivar y satisfacer los deseos de sus fans, su tesoro más preciado; así lo asegura Marcelo Fernández, director de la Revista de rock La Mano, quien en varias ocasiones lo entrevistó y visitó en sus estudios de grabación y diferentes escenarios, quedando encantado con las propuestas de Cerati, pero preocupado de que la vida no le fuera a pasar una mala jugada debido a esos “secretos” excesos que ya Cerati cargaba bajo su manga.
Por más que Cerati fuese considerado como un artista que nació entre las giras, tal y como lo define Ernesto Martelli, director de Rolling Stone Argentina, seguía siendo un ser humano de carne y hueso, que en algún momento se iba a reventar de tanta adrenalina. Con Soda Stereo tuvo sus primeros excesos al ser considerado un hit a menos de un año, es en este momento que el estrés aparece como productor principal de los excesos de Cerati, es en esta época en donde se empezaron a cultivar todos esos focos “peligrosos” que más de una vez le pusieron polo a tierra, pero que no recibieron la atención suficiente. 
Los triunfos discográficos de Gustavo Cerati son apabullantes: logró editar 15 discos con Soda Stereo, cuatro más con diferentes músicos, hizo 35 videoclips y 6 DVD’S, ganó 52 premios y a la vez vivió de gira; tuvo a las mujeres más hermosas a sus pies, cometió grandes locuras como tirar un bidet desde la ventana de un hotel, como un acto de rebeldía, tuvo excesos, muchos, forzó su máquina y nunca le puso el cuidado necesario a esos llamados de atención que tanto su cuerpo, mente y familia le hacían a cada rato.
Ni con los 50 años cumplidos, ni con todos los triunfos obtenidos, Gustavo Cerati, se sintió cansado ni mucho menos mitigado por la vida; no concebía su vida en un retiro en Cabo Polonio, lo que mostraba un claro problema para aceptar el paso del tiempo y con este la invitación que le hacían de retirarse al menos por un tiempo de los escenarios. Sin embargo, llegó la vida y le pasó la cuenta de cobro y lo llevó sin su aceptación a un retiro forzoso de esa vida de excesos, vida que de una u otra forma no quería abandonar.
Ahora mientras vive su mitad de siglo, aquel músico del rock deja de ser ya un súper héroe y se dedica entonces a salvar su preciado súper poder: su cerebro.